En mar abierto, un delfín recorre hasta cien kilómetros en un día. Nada en manada, caza, se comunica sin parar. En un tanque, da vueltas.
Esa distancia es la que quedó pendiente cuando se aprobó la Ley Mincho.
Se acabó el show.
La norma fue tajante: prohibió criar delfines en cautiverio, los trucos, los “nados con delfines” y los tanques de concreto. Para una industria que aquí mueve mucho dinero, fue un golpe de timón real, no un gesto.
La letra que casi nadie leyó.
Pero hay una línea que pasó de largo. Los delfines que ya están en los parques del estado pueden quedarse ahí hasta que mueran.
La ley cerró la puerta de entrada. No abrió la de salida.
Y aquí eso pesa distinto que en cualquier otra parte del país, porque en Quintana Roo está la mitad de los delfinarios de México, repartidos entre Cancún, Playa del Carmen y Cozumel. Ningún estado tiene más animales en esa situación.
Un mar con barandal.
Lo que PETA Latino puso sobre la mesa es construir aquí el primer santuario costero de delfines del país: un pedazo de mar delimitado, con espacio real, donde puedan nadar, cazar y convivir con los suyos, con atención veterinaria y sin una sola función.
La organización sostiene que muchos ejemplares viven hoy en piscinas tan poco profundas que no logran resguardarse del sol y terminan con quemaduras, y que el estrés continuo les provoca úlceras y desgaste dental. En libertad, un delfín supera los 40 años. En cautiverio, dicen, mucho menos.
Vale precisarlo: eso lo documenta PETA, una organización activista, no una autoridad. CUNCLAVE buscó la postura de los parques del estado y de la Semarnat. Al cierre de esta edición, no había respuesta.
Lo que falta decidir.
El estado ya dijo qué clase de destino quiere ser. Lo hizo al aprobar la ley.
Lo que no ha dicho es qué va a pasar con los que quedaron del lado equivocado de la fecha. Son los últimos de su especie en cautiverio aquí. Y donde estén, ahí van a terminar su vida.
Redacción | CUNCLAVE