Hay un país donde contar lo que pasa puede costarte la vida. Ese país es México, y no es una exageración: es una de las naciones más peligrosas del mundo para ejercer el periodismo, y la más letal de América Latina. Pero lo verdaderamente escalofriante no es solo que asesinen periodistas. Es que, cuando lo hacen, casi nunca hay consecuencias.
Dos nombres recientes.
En junio, Veracruz volvió a poner el rostro a esta tragedia. El día 11, Luis Ángel López Valdés, reportero de nota roja, fue atacado en Poza Rica con 18 disparos. Tenía medidas de protección oficiales. No sirvieron de nada. Para completar el retrato de precariedad, el periodista manejaba un taxi para sobrevivir, porque el oficio, en muchos lugares, ya no da para vivir.
Días antes, un comando armado se había llevado de su casa a Roxana Guzmán Ramírez, directora de un portal digital. Su cuerpo fue localizado semanas después. Dos periodistas, un mismo estado, unas cuantas semanas. Y una misma pregunta: ¿cuántos más?
Los números de una herida abierta.
Desde el año 2000, la organización Artículo 19 ha documentado 176 asesinatos de periodistas en México. Detrás de cada cifra hay una cobertura interrumpida, una familia rota, una historia que alguien no quería que se contara.
Y aquí está el dato que desarma cualquier intento de reducir esto a un solo gobierno o partido: los asesinatos se reparten de forma casi idéntica entre los últimos sexenios. Con Calderón, con Peña Nieto, con López Obrador, el número de periodistas asesinados fue prácticamente el mismo. Cambió el color en el poder; la violencia contra la prensa, no. Esto no es un problema de un partido: es una falla del Estado mexicano en su conjunto.
La verdadera pandemia: la impunidad.
Si algo explica por qué esto no se detiene, es la impunidad. Alrededor de nueve de cada diez asesinatos de periodistas quedan sin resolver. El mensaje que eso manda es demoledor: silenciar a un periodista, en México, sale gratis.
El caso de López Valdés lo resume con crudeza: el Estado le había reconocido que estaba en riesgo, le había dado “protección”, y aun así lo asesinaron. No es el primero. En los últimos años, varios periodistas inscritos en el Mecanismo de Protección federal fueron asesinados de todos modos. El sistema que debía cuidarlos falló, una y otra vez.
Y encima, la minimización.
A la violencia y la impunidad se suma un tercer golpe: el de las autoridades que restan importancia al problema. Cuando ocurrieron los casos recientes en Veracruz, hubo respuestas oficiales que sugerían que no había “un tema por ser periodistas”. Esa actitud, venga de quien venga y del color que sea, es parte del problema. Negar el patrón es allanarle el camino al siguiente crimen.
Por qué esto te toca a ti.
Quizá pienses que esto es un asunto de periodistas, y no es así. Cuando silencian a un reportero y nadie responde, no solo pierde el gremio: pierdes tú. Porque cada periodista silenciado es una historia que no vas a conocer: un desvío que no se investigó, un abuso que quedó oculto, una verdad que alguien logró enterrar.
La prensa libre no es un lujo ni un capricho de los reporteros. Es una de las pocas herramientas que tiene un ciudadano común para saber qué hacen quienes tienen el poder y el dinero. Cuando callan a un periodista, te callan a ti.
México no necesita más minutos de silencio ni más condenas de trámite. Necesita investigaciones que terminen en sentencias, un mecanismo de protección que de verdad proteja, y autoridades que dejen de mirar a otro lado. Mientras tanto, cada nombre que se suma a la lista es un recordatorio de una deuda que el Estado, gobierne quien gobierne, sigue sin pagar.
Que no se nos olvide ninguno.
Redacción | Conciencia Ciudadana