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NO ES FALTA DE GANAS,
ES FALTA DE OPCIONES


La mayoría de los niños de la ciudad llegan a la secundaria. El problema empieza cuando tienen que decidir si siguen estudiando o se ponen a trabajar.
Uno de cada tres jóvenes que entra a la preparatoria no la termina.
La presión económica, la distancia y la falta de opciones hacen el resto.

En esta ciudad, casi todos los niños van a la escuela. Eso es un logro real y hay que decirlo.

Pero hay un momento en que algo se rompe. Ocurre alrededor de los 15 años, cuando termina la secundaria y empieza la decisión más importante que muchas familias enfrentan sin darse cuenta: seguir estudiando o ponerse a trabajar.

Y muchos eligen — o se ven obligados a elegir — lo segundo.

Entrar a la prepa no es garantía de terminarla.

Quintana Roo tiene una de las tasas de deserción en preparatoria más altas del país. Uno de cada tres jóvenes que se inscribe no llega al final. No porque no quiera, sino porque el camino tiene demasiados obstáculos: el costo del transporte, la presión de aportar en casa, la sensación de que el esfuerzo no se traducirá en nada concreto.

Muchos padres invierten en uniformes, útiles y pasajes durante meses. Y aun así, sus hijos no terminan.

La colonia donde naces importa más de lo que debería.

No todos los jóvenes viven la misma historia. En colonias consolidadas hay más recursos, más becas y alguien que nota cuando un alumno empieza a fallar. En la periferia y los asentamientos irregulares el panorama es otro: salones saturados, menos apoyo y una vida cotidiana que empuja hacia afuera del salón antes de tiempo.

El dinero existe. La pregunta es dónde llega.

El estado destina entre el 25 y el 30% de su presupuesto a educación, ubicándose en el rango medio-alto nacional. El municipio, en cambio, destina apenas el 1% de su presupuesto total. En el territorio con mayor población del estado, esa cifra dice mucho sobre las prioridades locales.

La brecha entre lo que se invierte y lo que se vive en el salón de clases sugiere que el problema no es solo de recursos, sino de cómo se distribuyen y hasta dónde llegan realmente.

Lo que nadie dice en voz alta.

Esta es una ciudad construida sobre el turismo. Y el turismo necesita manos, no títulos. Trabajar hoy en un hotel paga más que estudiar tres años para conseguir, quizás, algo mejor mañana. Es una trampa silenciosa que funciona porque tiene sentido a corto plazo.

El resultado es una generación que llega hasta donde sus circunstancias le permiten, no hasta donde su capacidad podría llevarla. Y esa distancia, en muchas familias, se hereda.

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