Hay una frase que la Cuarta Transformación repite como columna vertebral de su discurso: “primero los pobres”. Es un lema poderoso, que conecta con millones de personas y que ha sido clave en su éxito electoral. Pero los lemas se miden contra los hechos, y en Quintana Roo los hechos de las últimas semanas invitan a la reflexión.
El arranque de la carrera.
Morena abrió su proceso interno rumbo a la gubernatura de 2027, y los aspirantes salieron a posicionarse con todo. Rafael Marín, fundador del partido en el estado, ha intensificado una gira permanente: encuentros ciudadanos en Cancún, una reunión en Chetumal que congregó a unas 1,200 personas, recorridos en Cozumel, asambleas en defensa de la “soberanía” y presencia como invitado especial en festejos como el del Día del Padre. Ana Paty Peralta, alcaldesa de Benito Juárez, confirmó que pedirá licencia para competir y celebró su cumpleaños con cerca de 1,500 invitados. Gino Segura, senador, tramita su licencia para sumarse a la contienda.
Hasta aquí, todo legítimo: así funciona la política. Pero lo que acompaña a esa carrera merece una mirada atenta.
Los actos como demostración de fuerza.
Estos no son encuentros privados: son demostraciones de músculo político en plena antesala de la contienda. Y aquí aparece un señalamiento que no es menor. En la visita de Rafael Marín a Cozumel, según reportó la prensa local, la asistencia quedó por debajo de lo esperado, y las fotografías difundidas después se tomaron en planos cerrados, concentrándose en las primeras filas para no mostrar la dimensión real del salón.
Ese detalle ilustra una crítica recurrente en el debate público: la sospecha de que parte de estos eventos se sostiene más en la puesta en escena, la convocatoria de estructuras y la difusión cuidada en redes, que en un respaldo espontáneo. Son señalamientos que circulan y que conviene registrar, no como sentencia, sino como parte del clima que rodea estos actos.
Los lujos que el propio partido tuvo que reprender.
Y el contraste no viene de los opositores, sino del propio movimiento. En pocas semanas, dos casos lo pusieron en aprietos: un regidor de Tulum exhibido en un jet privado, y el director del SATQ del estado captado en las Finales de la NBA en Nueva York, en asientos cuyos boletos costaban entre 11 mil y 15 mil 500 dólares. Este último renunció y alegó que pagó con recursos propios. Y ahí queda flotando la pregunta incómoda: aun siendo así, ¿cómo se acumula el patrimonio que permite esos lujos desde un cargo público y con un sueldo de servidor? La reacción del partido fue reveladora: pidió a los suyos “austeridad republicana” y admitió que el respaldo ciudadano “no es permanente”. El propio movimiento reconoció el problema.
Lo que se puede afirmar y lo que no.
Seamos rigurosos, porque la crítica fácil debilita. No hay, hasta ahora, prueba de que los actos de los aspirantes se hayan pagado con recursos públicos, y no sería serio afirmarlo sin evidencia. Lo que sí es un hecho es el contraste: un movimiento que hizo de la austeridad su bandera convive hoy con despliegues de fuerza y con funcionarios exhibidos por lujos que el propio partido tuvo que reprender.
La cuestión, entonces, no está en que haya eventos ni en castigar a quien disfruta de su patrimonio. Está en la distancia entre lo que se predica y lo que se muestra.
Una reflexión, de ida y vuelta.
Y ya que hablamos de despliegues, vale imaginar un ejercicio. Esas estructuras capaces de convocar a miles de personas para un mitin, esos contingentes que llenan salones y plazas en cuestión de horas, esa energía y esa logística, ¿qué pasaría si se enfocaran en otra cosa? Imaginemos a esos miles juntándose para limpiar el sargazo de las playas, para tapar baches, para exigir mejor seguridad en sus colonias, para reclamar resultados a sus autoridades. La misma capacidad de movilización que hoy sirve para aplaudir, podría servir para transformar.
A esto se suma otra costumbre que conviene nombrar: la naturalidad con que se deja un cargo apenas asoma una posición más alta. El caso más ilustrativo es el del senador Gino Segura, quien el mismo martes instaló la Comisión Bicamaral de Seguridad Nacional, que preside, y una hora después solicitó licencia para irse a la contienda. Esa comisión, un órgano clave para vigilar la seguridad del país, llevaba semanas sin instalarse pese a los reclamos. La pregunta surge sola: ¿a qué le pondrá atención, a la seguridad nacional que acaba de asumir o a la gubernatura que persigue? No es un caso aislado ni de un solo color: es una práctica que revela para qué se busca, en realidad, el poder.
La pregunta, entonces, no es solo para los políticos: también es para quienes los siguen.
El fondo del asunto.
Cuando un proyecto que se presenta como austero termina rodeado de despliegues, estructuras y exhibiciones de lujo, el tema deja de ser el evento o el boleto. Es la credibilidad del discurso. Porque la austeridad, si se predica, se practica; y si solo se predica, se vuelve eslogan.
“Primero los pobres” es una promesa que obliga. Cada despliegue, cada exhibición de poder, la pone a prueba frente a quienes la escucharon y votaron por ella. La política como espectáculo no es nueva en México. Lo distinto es cuando la protagoniza quien dijo que vendría a hacer las cosas de otra manera.
Que cada quien saque sus conclusiones. La pregunta queda en el aire: cuando llegue el momento de decidir, ¿será primero la gente, o primero las aspiraciones?
Redacción | Conciencia Ciudadana