Hay dos versiones de la seguridad en esta ciudad. La que presentan las autoridades y la que vive la gente todos los días.
Las autoridades tienen sus números. Los homicidios bajaron. El municipio invirtió 200 millones de pesos en 60 patrullas nuevas y refuerzo de cámaras. Quintana Roo ocupa el lugar 10 nacional en homicidio doloso, con una reducción real frente a años anteriores.
Y aun así, 3 de cada 4 habitantes siguen sintiéndose inseguros.
Lo que pasa en la calle.
En los alrededores de las colonias, la gente identifica lo que ve todos los días: alcohol en la calle, robos, vandalismo, consumo de drogas y disparos. No es percepción sin fundamento. Es lo que ocurre afuera de sus casas.
Y eso cambia la forma en que se vive. Más de 7 de cada 10 familias ya no dejan salir solos a sus hijos. Casi un tercio dejó de visitar a familiares o amigos. La ciudad sigue moviéndose, pero con miedo.
El problema de fondo: nadie denuncia.
Más del 93% de los delitos que ocurren aquí nunca llegan a una denuncia formal. No porque la gente no quiera justicia, sino porque no confía en que vaya a servir de algo.
Y hay razones concretas para esa desconfianza: el 77% de los habitantes reportó haber sido víctima de corrupción por parte de autoridades de seguridad pública municipales, más del doble del promedio nacional.
Cuando la institución que debe protegerte es también la que te genera desconfianza, el círculo se cierra solo.
La seguridad se paga de bolsillo.
Lo que el municipio no cubre, las familias lo resuelven como pueden. Más de la mitad de los hogares ya invierte en alarmas, cámaras, seguros o vigilancia privada. Es un gasto que se suma al supermercado, la renta y el transporte.
El costo estimado de los delitos en el estado ronda los 3 500 millones de pesos al año, con un promedio de 5 000 pesos por persona afectada que nadie reembolsa y que pocas veces aparece en los reportes oficiales.
Lo que los números no resuelven.
Esta ciudad creció muy rápido y sin la planeación suficiente. El turismo generó empleos pero también mercados informales, presión urbana y desigualdad. La inseguridad que se vive aquí no es solo un problema policial. Es el resultado de años de crecimiento sin red de contención.
Las patrullas nuevas ayudan. Pero no alcanzan para cambiar lo que la gente siente cuando sale a la calle.